Me voy a vivir sola, y a pesar de haberme sumergido en un estado de negación constante, el tiempo ocupó su inevitable espacio físico y finalmente llegó. El momento de empacar mis cosas y partir.
Veinte años recopilando objetos que guardan tantas historias y que ahora quedaron reducidos a un montón de cajas apiladas. Todas iguales. Marrones, de textura áspera y decoradas con desprolijos retazos de cinta scotch.
Mi vida en una caja, lista para ser trasladada a nueva maceta. Una más grande, para crecer con más libertad.
Todos me aconsejan que deje atrás las cosas que ya no necesito. Aquellas cuya vida útil terminó tiempo atrás. Cómo estas mostacillas por ejemplo, con las que me hacía pulseritas para mí y mis amigas en la infancia, o las cartitas de “feliz cumpleaños” del 2003, llenas de brillantina y todas esas pilas de cuadernos que siempre supe llenar.
El ser humano y su extraña costumbre de coleccionar pruebas materiales de la existencia del pasado.
¿Seguirá habiendo lugar para todo aquello o es más sabio dejar algún estante vacío para llenar de futuro?
Todos estos objetos que disparan el recuerdo e invitan a la nostalgia ahora me rodean. Quedé atrapada entre ellos y sus memorias. Tantas caras que ya no veo, voces que ya no escucho y sin embargo allí están, encerradas en pedazos de plástico, en pilas de papeles, en esas fotos de cámara analógica.
Todo lo que alguna vez fue, hoy me pide seguir siendo un rato más. Me pregunto si estaré lista para dejarlos de una vez por todas perderse en libertad. Es decir, enfrentarme al cuarto vacío, al momento culmine de cerrar esa puerta por última vez. Permitirme a mí misma soltar, tan solo para comprender que caminar liviano, es caminar mejor.
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