Me pasé la noche entera
buscando excusas inconclusas para mantenerme despierta hasta el amanecer.
Miré repetidas veces a través
de mi ventana buscando algún vestigio del sol. Aunque sea un débil rayo que me
alumbre, que me dé el indicio de que la oscuridad no será eterna.
Esperé despierta al amanecer como
quien sobrevive a un derrumbe y ve entre los escombros la luz del día y
comprende que está vivo. Que pronto podrá sentir la calidez del viento en su
piel y recordarse nuevamente humano. Podrá respirar aliviado.
Y por fin llegó. Ya puedo ver
con claridad las calles y los hechos. Ya puedo entender que así como pasó la
noche, pronto pasarán los días. Cambiarán las estaciones y nosotros cambiaremos
con ellas.
Sin la presencia de aquella
luna, testigo de nuestro ocaso, puedo estar en paz con tu ausencia. El
mundo volvió a ser un lugar tranquilo.
Vos en tu lugar, yo en el
mío. No hay más nosotros. Tal vez nunca lo hubo.
Y es que tu abrazo, que mi
cuerpo aún atesora en su insistente memoria y tus manos, grabadas a fuego lento en mi
piel, de apoco se irán desvaneciendo, junto con el nudo en la garganta que
todavía me asfixia cada vez que te escribo.
Recuerdo como te gustaban las
mañanas y ahora lo entiendo. Todos lo que en la oscuridad fueron monstruos que asustaban, ahora no son más que borrosas sombras, nuestros propios fantasmas.
Ya puedo cerrar los ojos
tranquila, puedo entregarme entera a los sueños, ya no para intentar escapar de
ellos, si no para empezar a cumplirlos.
Confío que vos vas a hacer lo
mismo, y que con calma y tiempo, en algún otro presente del futuro, vos y yo, podamos volver a ser amigos.
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