lunes, 5 de enero de 2015

Amanecer

Me pasé la noche entera buscando excusas inconclusas para mantenerme despierta hasta el amanecer.
Miré repetidas veces a través de mi ventana buscando algún vestigio del sol. Aunque sea un débil rayo que me alumbre, que me dé el indicio de que la oscuridad no será eterna.
Esperé despierta al amanecer como quien sobrevive a un derrumbe y ve entre los escombros la luz del día y comprende que está vivo. Que pronto podrá sentir la calidez del viento en su piel y recordarse nuevamente humano. Podrá respirar aliviado.
Y por fin llegó. Ya puedo ver con claridad las calles y los hechos. Ya puedo entender que así como pasó la noche, pronto pasarán los días. Cambiarán las estaciones y nosotros cambiaremos con ellas.
Sin la presencia de aquella luna, testigo de nuestro ocaso, puedo estar en paz con tu ausencia. El mundo volvió a ser un lugar tranquilo.
Vos en tu lugar, yo en el mío. No hay más nosotros. Tal vez nunca lo hubo.
Y es que tu abrazo, que mi cuerpo aún atesora en su insistente memoria y tus manos, grabadas a fuego lento en mi piel, de apoco se irán desvaneciendo, junto con el nudo en la garganta que todavía me asfixia cada vez que te escribo.
Recuerdo como te gustaban las mañanas y ahora lo entiendo. Todos lo que en la oscuridad fueron monstruos que asustaban, ahora no son más que borrosas sombras, nuestros propios fantasmas.
Ya puedo cerrar los ojos tranquila, puedo entregarme entera a los sueños, ya no para intentar escapar de ellos, si no para empezar a cumplirlos.

Confío que vos vas a hacer lo mismo, y que con calma y tiempo, en algún otro presente del futuro, vos y yo, podamos volver a ser amigos.  

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