A noche al no poder llorar,
tuve ganas de escribirte un poema, pero no supe cómo encerrar en palabras estrictas,
lo inerte que fue mi corazón latiendo a un ritmo taquicárdico cunado fueron tus
manos en mi cara reclamándome tuya.
¿Cómo dividir en estrofas
cuerdas el acto insensato de intentar entenderme en tus ojos?
Ya no puedo rimar con los
vacíos que me genera no saber quién soy yo para vos. Quien fui. Para poder
explicarme a mí misma, que el pasado no siempre queda atrás. Que ésa es una
mera construcción geográfica que inventamos en conjunto para entendernos con la menor
cuota de dolor posible.
Quiero decir con esta
filosofía barata, que sigo siendo la misma pendeja incauta a la que le abrías las
piernas en otro presente, solo que ahora necesito morder tu cuello para
recordar tu perfume.
El poema que quise escribirte
iba a redactarlo así, con voz dulce, para pedirte perdón en caso de que mis
ojos no puedan evitar posarse de forma obscena en tus manos y explicarte que quiero
que vuelvas a aferrarlas a mi cara, sin censuras, para sentirte de nuevo reclamándome
tuya.