Como me cuesta incursionarme
en el ahora del acá.
De vuelta siento un impulso
incontrolable de no hacerme cargo, de seguir escapando.
Estas ganas incesantes de
irme a la mierda.
Irme para volver. Volver para
irme infinitas veces.
No estar es tan fácil.
Convertirme en un ser más liviano, más vacío. Fácil de cargar en la mochila
junto con una foto tuya para que me recuerdes el dolor cuando la anestesia de
la distancia me entumezca todas las heridas. La capacidad verdadera de sentir.
Quiero quedarme en estos
puntos suspensivos del presente. En estos frágiles veinte que cargo como si la
muerte no existiera.
Ya no quiero crecer, duele demasiado
la renuncia constante, la angustia del cambio como posibilidad de ser libre.
Quiero irme a la mierda una y
mil veces hasta perderme entre tantas caras, entre tantos ríos y montañas.
Quiero desarmar mi identidad poco a poco, dejarla olvidada en la orilla de
algún mar de aguas cálidas. Ir soltando mi yo lentamente, cómo quien se despide
de un viejo amigo, de un compañero de viaje.
El plan es caer en el
hedonismo máximo, vivir un sábado perpetuo, ceder ante mi goce de la insatisfacción
para saciarlo. Para colmarme de una euforia efímera a niveles adictivos.
Intentar detener el tiempo, ser una observadora pasiva de las desgracias del
mundo.
Quiero irme a la mierda pero vuelvo
a mirar tu foto y rápidamente entiendo que aunque me cueste, si tus ojos me lo
piden, esta vez, me voy a quedar.
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