miércoles, 11 de febrero de 2015

Contradicciones (Porqué escuché por ahí que somos seres divididos)

Basta de tanto todo, basta de tanta nada.
Demasiados medios de comunicación, demasiado poco entendimiento.
Me quiero ir, me quiero quedar. Viajar y regresar. Quiero aparecer y decirte hola, adiós, hasta pronto, hasta nunca, que lindo volverte a ver y borrarme otra vez.
Necesito entender todo y dejar de entender tanto. Lucidez absoluta y pasión por la ignorancia.
Quiero hacer ruido y callarme, aturdirme y escucharme, escribir y tachar, empezar y dejar.
Quiero aprender y olvidarme, hacerme cargo y escaparme, pertenecer y marginarme.
Quiero sostener una estructura y derrumbarla. Quiero trascendencia y anonimato. Ser el héroe y el villano. La protagonista y la actriz de reparto.
Quiero mucha fiesta y dormir temprano, quiero amor con sexo y sexo sin amor, monogamia y promiscuidad, comer mucho y engordar poco, sobriedad, resaca, pepa, marihuana, dormir sola y acompañada.
Quiero independencia y protección. Vivir lejos y sentirme cerca.
Quiero días soleados, días lluviosos. Quiero un mar de aguas claras, místicas montañas. Quiero bailar hasta el amanecer y dormir siesta hasta el atardecer. Quiero retener todas las miradas, guardarme cada carcajada, secarme todas las lágrimas.

Quiero sentir todo y anestesiarme. Recordarme un ser deseante. Quiero hacer las cosas bien y equivocarme otra vez.  

lunes, 2 de febrero de 2015

Instantes

Siempre tuve algún vestigio de conciencia de que la felicidad y el sufrimiento no son más que eso, homólogos desencontrados en instantes tan fugaces como la vida. Momentos que pasan, que están pasando ahora, mientras me lees y aun así te olvidas mi nombre. Ese incierto goteo de amaneceres que se escapan. 
Y aun así confiaba en que podía parar el tiempo. Insistí en congelar lo efímero. Hacerlo reliquia para colgarlo de mi cuello, orgullosa de haberme apropiado de algún presente que coincidiera con el tuyo.
Pero no más aventuras me dijeron un día, es hora de crecer. Apurate que la muerte te espera. Y el miedo a la libertad se convirtió en un ancla, en un carreteo eterno.
Comencé a moverme por la pura inercia de llegar a ningún lado, conformándome tan solo con tener un vago norte que me indicara hacia donde caminar.
Colgué las alas e hice el intento de coreografiar mis días, de amoldarlos a los bastos cuadrados del calendario para abocarme a la tediosa tarea de tacharlos uno a uno como quien colecciona victorias perdidas.
Me convertí lentamente en una observadora pasiva de aquellos instantes. Los dejaba morir para que vivan más nítidos en el recuerdo. Los atesoraba en la nada misma, en historias acumuladas a los márgenes de las hojas de mi cuaderno.
El querer fue remplazado por el deber y el deseo quedó empañado por torpes fragmentos de memoria de aquellas fiestas, de todos esos atardeceres, de la forma obscena en al que tus ojos se posaban en mis piernas.
Vivir del recuerdo es la masturbación. La pasión por poseer lo imposible.
Pero una mañana de enero la alarma sonó con demasiada furia y por la tarde el sol quemó con demasiada rabia, entonces mis hombros se negaron a seguir cargando con el peso de la nostalgia. Y como por arte de magia, saqué al fin tu foto de mi billetera y destruí el calendario. Desanduve tranquila los caminos que nunca me pertenecieron y elevé el ancla del miedo. Emprendí el despegue. Sin vértigo no hay caída. Ya puedo volver a entregarme al azar con los ojos abiertos.