lunes, 22 de diciembre de 2014

Un poema

A noche al no poder llorar, tuve ganas de escribirte un poema, pero no supe cómo encerrar en palabras estrictas, lo inerte que fue mi corazón latiendo a un ritmo taquicárdico cunado fueron tus manos en mi cara reclamándome tuya.
¿Cómo dividir en estrofas cuerdas el acto insensato de intentar entenderme en tus ojos?
Ya no puedo rimar con los vacíos que me genera no saber quién soy yo para vos. Quien fui. Para poder explicarme a mí misma, que el pasado no siempre queda atrás. Que ésa es una mera construcción geográfica que inventamos en conjunto para entendernos con la menor cuota de dolor posible.
Quiero decir con esta filosofía barata, que sigo siendo la misma pendeja incauta a la que le abrías las piernas en otro presente, solo que ahora necesito morder tu cuello para recordar tu perfume.

El poema que quise escribirte iba a redactarlo así, con voz dulce, para pedirte perdón en caso de que mis ojos no puedan evitar posarse de forma obscena en tus manos y explicarte que quiero que vuelvas a aferrarlas a mi cara, sin censuras, para sentirte de nuevo reclamándome tuya.

jueves, 18 de diciembre de 2014

Silencio


Silencio.
Como me cuesta aceptar la pausa
enfrentarme con el espacio
que le da sentido a todo (como si la muerte)

Como me gusta aturdirme

para no escuchar ese silencio
es decir
escucharme a mi misma
una y mil veces
hasta decidirme 
de una vez por todas
a escribirlo en silencio
y al fin poder callarlo.

Mi Alfonsina y su mar

Ayer cometí el acto terrible de concebir el sueño a través de la poesía.
Gracias Alejandra, pero no. A mi nunca me gustaron ni vos ni tus versos bañados de muerte.
Te cerré la puerta el día que mi padre me dijo que la poesía era un mero intento adolescente de reparar un corazón roto. Que es una etapa que se supera con la madurez del alama y yo, obediente a su palabra sabia, la superé.
Y aun bajo el temor inminente de desilusionarlo, voy a aceptar que últimamente las palabras cuando me dicen se disfrazan en esta prosa caprichosa que me excede.
Ahora que recuerdo, al fin y al cabo es su culpa. Él sembró la semilla en uno de los inviernos felices de mi infancia, cuando en una de nuestras míticas caminatas por la orilla pasamos por La Perla y me presentó a Alfonsina.


Ella era escritora y se mató me dijo, o tal vez fue más sutil. Seguro  habrá decorado las palabras valiéndose de la redundancia de la poetisa y me habrá dicho, ella sufría mucho y por eso se fue caminando mar adentro, esperando ser abrazada por las olas. Después me compró uno de sus libros y yo me obsesione con ella y con su obsesión por el mar.

Porqué escribo

Cómo me hubiera gustado haber podido elegir no saber ciertas cosas.
Desde el día que comprendí porqué escribo, me encuentro condenada a la infinita tarea de tener que escuchar ciertas verdades, de entender siempre un poco más. De nadar mas hondo, de hilar mas fino.
Y duele.
La lucidez a veces cansa la voluntad
Escribo porque es lo único que puedo hacer con todo eso, para darle sentido, para tener un fin exacto, casi matemático, que encuadre, que le de un nombre a lo que no se dice
Escribo porque es lo único que se hacer cuando la lucha contra mi llega a un punto clave, al limite con la derrota

Escribo porque a nadie mas que a mi misma debo explicar ciertas cosas 

Parque Las Heras


Hace mucho tiempo no venía al parque
Tal vez por miedo, tal vez por desgana
Hace tiempo no veía sus arboles desde el origen
Me limitaba en cambio a contemplar las copas
Desde el balcón de mi casa
Ahora estoy acá. Volví y el parque es el mismo
La única diferencia es que ya no es mío
Hoy puedo definir al parque
Puedo darle un nombre de abrigo
Puedo contar sus árboles y la hojas que han perdido
Pero ya no puedo con la misma facilidad
Describir lo que me pertenece.
 Las cosas del mundo de las que me he apropiado
Ya no puedo darles un nombre ficticio

Ya no puedo, ya no quiero.

domingo, 30 de noviembre de 2014

Crecer

Tuve una crisis de crecimiento y le grité a mis padres en un intento de pedirles de rodillas que asumieran el peso de mis vacíos. Les grité y me enojé con aún más al tomar conciencia de que ya nada podían  hacer ellos por mi, por que crecer, a veces, muchas veces, es sentirse solo.
Crecer, a veces, muchas veces, es un precipicio sin puntos de apoyo que den seguridad.
Crecer, a veces, muchas veces, es despedirse, decirle adiós a la realidad tal como solía ser.
Crecer, a veces, muchas veces, es sentirse impotente, tomar conciencia de que nadie excepto uno puede construir la felicidad propia.
Es renunciar al pensamiento mágico de que las cosas llegarán sin tener que salir a buscarlas.
Crecer, a veces, muchas veces, es hacer un duelo, es la renuncia cada vez mayor al hedonismo infantil.
Pero crecer, a veces, muchas veces, es también ser cada vez un poco más libre.
Es aprender a crear lo propio, aunque no sea de uno, poder construir sobre las bases que azarosamente nos fueron otorgadas.
Animarse a caminar caminos poco explorados, es tomar a la soledad como un punto de encuentro con uno mismo, afrontarse al vértigo del precipicio, aprender a despedirse para dejar entrar lo nuevo, no gozar de un duelo infinito, ser arquitecto y obrero de la felicidad propia, dejar de esperar para salir a buscar.
Crecer, a veces, muchas veces, es adentrarse en ese camino nuevo, sin miedo a perderse, porque perderse, a veces, muchas veces, es el síntoma más irrefutable, de que se está creciendo.