Recuerdo una de mis tardes en el Mediterráneo, cuando
nadando desnuda al atardecer, sentí el impulso casi visceral de gritarle al mundo; ¡Esta soy yo!, pero se me
entumeció la lengua y mis labios se negaron a abrirse, al descubrir que no
podía concebir semejante afirmación sin recurrir a la mentira inmediata de
creer saberme.
Desde ese entonces me comprometí en la tarea de buscar
respuestas y en el intento, me convertí en una apasionada coleccionista de más
preguntas.
Sumida en el goce de mí círculo vicioso y empujada por la
angustia de la incertidumbre, me declaré una intachable militante del presente
y prediqué la filosofía de vivir el instante único e irrepetible, de olvidarse
que existe mañana, de evadir la noción del futuro.
Hice lo posible para procesar mis sentidos cómo si una
película. En cámara lenta para que dure más, preparando todo para que la
estética cuadre. Hasta puse en práctica al fin mis tácticas teatrales, para
darle más dramatismo y ocupé roles distintos para experimentarlo todo. Y cuando
la realidad rompía el hechizo y la tristeza asomaba, un trago por cada lágrima
caída y a seguir bailando.
Retrataba en mi mente todo cómo una fotografía, en un
intento fallido de congelar momentos que ya se me escapaban.
Y así me encuentro ahora, recordando esos tiempos como si el
calendario se hubiese apurado. Mirándome a mí misma en retrospectiva y
envidiándome un poco la capacidad que tuve de disfrutar. Pero ya no le tengo
miedo al futuro. Ahora me animo a abrazarme con emoción a lo que me rodea; Un
cuaderno, una ventana, una noche fría en el norte y un pasaje de avión con mi
nombre para volver al calor de mi sur.
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