Ayer cometí el acto terrible de concebir el sueño a través
de la poesía.
Gracias Alejandra, pero no. A mi nunca me gustaron ni vos ni
tus versos bañados de muerte.
Te cerré la puerta el día que mi padre me dijo que la poesía
era un mero intento adolescente de reparar un corazón roto. Que es una etapa
que se supera con la madurez del alama y yo, obediente a su palabra sabia, la
superé.
Y aun bajo el temor inminente de desilusionarlo, voy a aceptar que últimamente las palabras cuando me dicen se disfrazan en esta
prosa caprichosa que me excede.
Ahora que recuerdo, al fin y al cabo es su culpa. Él sembró
la semilla en uno de los inviernos felices de mi infancia, cuando en una de
nuestras míticas caminatas por la orilla pasamos por La Perla y me presentó a
Alfonsina.
Ella era escritora y se mató me dijo, o tal vez fue más
sutil. Seguro habrá decorado las
palabras valiéndose de la redundancia de la poetisa y me habrá dicho, ella
sufría mucho y por eso se fue caminando mar adentro, esperando ser abrazada por
las olas. Después me compró uno de sus libros y yo me obsesione con ella y con
su obsesión por el mar.
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