Aquel invierno cálido que pasamos acribillados de sentido, el tiempo se escurría como las sábanas entre los dedos de tus pies cada vez que los contrarías al ritmo de mi tacto. Y es que la joda empezaba ahí, en ese preciso momento en el que vos eras puro cuerpo y yo un mero abrigo.
Así aprendimos a ser juntos, en el exceso y sus rincones paradisíacos.
La palabra era inútil ya, inhabitable, pero insistíamos en decir las cosas, en nombrarlo todo, en no dejar espacios vacíos. Nos aturdíamos con un lenguaje ficticio, absurdo, con tal de poder ignorar nuestros propios silencios.
En definitiva, mejor echémosle la culpa del tiempo y a su maldita costumbre de apurarnos al caminar, entonces tropezábamos y la caída inevitable. Éramos empujados por la pura inercia de querer dejar de existir al menos un rato, de volver a ese lugar mágico llamado lo absoluto.
Vivíamos con la conciencia plena de sabernos fugaces para el otro, como orgullosos de nuestra propia muerte.
En esos tiempos te veía como a un felino hermoso y audaz; siempre arriba de la copa de los árboles más altos. Ahora entiendo que a pesar de todo nunca supiste como bajar.
Así aprendimos a ser juntos, en el exceso y sus rincones paradisíacos.
La palabra era inútil ya, inhabitable, pero insistíamos en decir las cosas, en nombrarlo todo, en no dejar espacios vacíos. Nos aturdíamos con un lenguaje ficticio, absurdo, con tal de poder ignorar nuestros propios silencios.
En definitiva, mejor echémosle la culpa del tiempo y a su maldita costumbre de apurarnos al caminar, entonces tropezábamos y la caída inevitable. Éramos empujados por la pura inercia de querer dejar de existir al menos un rato, de volver a ese lugar mágico llamado lo absoluto.
Vivíamos con la conciencia plena de sabernos fugaces para el otro, como orgullosos de nuestra propia muerte.
En esos tiempos te veía como a un felino hermoso y audaz; siempre arriba de la copa de los árboles más altos. Ahora entiendo que a pesar de todo nunca supiste como bajar.
Y si un día de estos la casualidad te lleva hasta mi esquina y en el encuentro se me olvida el idioma y en su lugar el instinto, sabrás perdonar si mi mirada se torna inciertamente obscena. Es que el pasado nunca se aleja sin dejar algunas deudas; con vos, con migo, con las causas por las que nos inmolamos en esa guerra.
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| Ilustración de Adara Sanchez |

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